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miércoles, 28 de diciembre de 2016

EL SUFRIMIENTO

EL NIVEL DE LA PERSONA: SE INICIA EL DESCUBRIMIENTO 

El movimiento de descenso y descubrimiento empieza en cuanto
uno se siente conscientemente insatisfecho con la vida. Al contrario de lo que opinan la mayoría de los profesionales, esta torturante insatisfacción con la vida no es un signo de enfermedad mental», ni un indicio de inadaptación social, ni un trastorno del carácter.

Esta  infelicidad básica ante la vida oculta el embrión de una inteligencia en desarrollo especial, generalmente sepultada bajo el peso inmenso de las farsas sociales.

Cuando una persona comienza a experimentar el sufrimiento de la vida, empieza al mismo tiempo a tener conciencia de realidades más profundas y más válidas, pues el sufrimiento destruye la complacencia de nuestras ficciones habituales acerca de la realidad
y nos obliga a despertar en un sentido especial: a ver con cuidado, a sentir con profundidad, a establecer contacto con nosotros mismos y con nuestro mundo, y hacerlo de maneras que hasta entonces habíamos evitado.

Se ha dicho, y creo que ciertamente es así, que el sufrimiento es la primera gracia. En cierto modo, cuando uno sufre casi debería regocijarse, pues el sufrimiento señala el principio de la intuición creativa.

Pero sólo en cierto modo. Algunas personas se apegan a su sufrimiento como una madre a su hijo, cargándolo como un peso que no se atreven a dejar en el suelo.

No se enfrentan al sufrimiento de una manera reflexiva, racional, sino que más bien se aferran a él, secretamente extasiadas con los espasmos del martirio. No hay que negar la conveniencia del sufrimiento, evitarlo ni despreciarlo; pero tampoco hay que glorificarlo, dramatizarlo o aferrarse a él.

La aparición del sufrimiento no es un bien, pero sí una buena señal, indicación de que uno comienza a darse cuenta de que vivir fuera de la conciencia de unidad es en última instancia doloroso, perturbador y triste. Vivir entre demarcaciones es vivir entre batallas: la del miedo, la de la angustia, la del dolor y, finalmente, la de la muerte.

Sólo por mediación de toda clase de compensaciones, distracciones y sortilegios que nos aturden, accedemos a no poner en tela de juicio nuestras demarcaciones, causa y raíz de la interminable rueda de dolor. Pero tarde o temprano, si no nos hemos insensibilizado del todo, nuestras compensaciones defensivas empiezan a fallar en su propósito de suavizar y ocultar.

En consecuencia, empezamos a sufrir, de una manera o de otra, porque nuestra percepción y conciencia se dirigen, finalmente, hacia la naturaleza conflictual de nuestras falsas demarcaciones y hacia la vida fragmentaria que en ellas se basa.

Uno de los mayores problemas (para trabajar y tratar estos conflictos), es la persistencia con la que tanto los legos como los profesionales tienden a suponer que los diversos médicos del alma (psiquiatras, psicólogos, terapeutas, etc.) se ocupan del ser humano desde diferentes ángulos.

Pero no es así, sino que más bien se ocupan de diferentes niveles de la conciencia humana desde diferentes ángulos. Actualmente carecemos de médicos del alma en quienes podamos confiar de todo corazón porque nos imaginamos que todos están hablando del mismo nivel de nuestra conciencia. Por consiguiente, parece fuera de duda que se contradicen entre sí, por lo menos en lo esencial, y quedamos atrapados en la contradicción.

Sin embargo, una vez reconocemos la multiplicidad de niveles inherente a la naturaleza de la conciencia humana, cuando entendemos que nuestro ser tiene muchas capas, podemos empezar a ver que los diversos tipos de terapias difieren, precisamente, porque se dirigen a esos diferentes niveles del alma.

Así pues, si comprendemos que los diversos médicos del alma se dirigen de un modo válido a diferentes niveles de la conciencia, quizá podamos escuchar más abiertamente lo que cada uno a su manera tiene que decirnos respecto al nivel del que se ocupa especialmente.

Y si nuestro sufrimiento se da en ese nivel, escuchemos atentamente lo que pueda decirnos, y quizá nos ayude a ver el significado de nuestro tipo particular de sufrimiento, a soportarlo conciencia, comprenderlo y, por ende, a trascenderlo.

EL NIVEL DE LA PERSONA

      Empecemos por donde se encuentra la mayoría de la gente: atrapada en la persona (máscara), que es una imagen de uno mismo más o menos inexacta y empobrecida, creada cuando el individuo intenta negarse a sí mismo la existencia de una o varias tendencias que tiene, como pueden ser los impulsos eróticos, la tendencia a hacerse valer, el enfado, la alegría, hostilidad, valentía, agresión, interés u otras.

Pero, por más que intente negarlas, las tendencias no desaparecen y, puesto que son del individuo, lo Único que este puede hacer es fingir, «hacer como si» pertenecieran a otro, a cualquiera, siempre que no sea él.

De modo que, en realidad, lo que consigue no es negarlas, sino solamente niega que le pertenecen. Así llega a creer de veras que estas tendencias no son de él, que le son ajenas, externas. Ha estrechado sus límites a fin de excluir las tendencias indeseables.

En consecuencia, esas tendencias alienadas son proyectadas en forma de sombra, y el individuo se identifica únicamente con lo que queda: una imagen de sí mismo reducida, empobrecida a inexacta, que es la persona. Se establece así una nueva demarcación y se inicia otra batalla de opuestos: la de la persona con su propia sombra. El ejemplo siguiente nos permitirá ver lo poco complicado que es en realidad el proceso.

Juan tiene muchos deseos de limpiar y ordenar el garaje, que está totalmente desordenado; además, hace ya tiempo que tiene la intención de hacerlo. Finalmente, decide que es el momento adecuado para poner manos a la obra, y tras vestirse con la ropa apropiada, empieza a encarar la tarea con relativo entusiasmo.

En este momento, Juan está claramente en contacto con su propio impulso, porque sabe que, a pesar del trabajo que le dará, es algo que indudablemente quiere hacer. Es verdad que una parte de él mismo no quiere ponerse a limpiar, pero lo importante es que su deseo de limpiar el garaje es mayor que el deseo de no hacerlo, pues de no ser así, sencillamente no lo haría.

Pero cuando Juan empieza a mirar el revoltijo increíble que hay en el garaje, le sucede algo extraño: comienza a reconsiderar todo el asunto, aunque sin abandonar su  propósito.

Da vueltas, se pone a hojear revistas viejas, se prueba un antiguo guante de béisbol, se entrega a recuerdos y ensoñaciones, se va poniendo nervioso.

Al llegar aquí, Juan empieza a perder contacto con su impulso, pero lo importante sigue siendo que su deseo de limpiar el garaje todavía está presente, porque de no ser así, se limitaría a abandonar el trabajo y hacer alguna otra cosa.

La proyección del impulso funciona de la siguiente manera: como hemos visto, el deseo de limpiar el garaje todavía está presente en Juan, es decir, que todavía está activo, de modo que constantemente reclama atención, de la misma manera que el hambre, por ejemplo, exige constantemente que se preste atención a ese impulso comiendo algo.

Como el impulso de limpiar el garaje sigue estando presente y activo, Juan sabe en algún rincón de su mente que alguien quiere que él limpie el garaje.

Y precisamente por eso todavía sigue ocupándose en fruslerías. Juan sabe que alguien quiere que él limpie todo eso, pero el problema está en que ahora se ha olvidado de quién es ese alguien. Entonces empieza a sentirse molesto con todo el proyecto, y a medida que transcurren las horas, la difícil situación le molesta cada vez más. Lo único que realmente necesita para completar la proyección —es decir, para olvidarse totalmente de su propio impulso de limpiar el garaje— es un candidato adecuado para «colgarle» su propio impulso proyectado.

Como él sabe que alguien está presionándole para que limpie, y esa presión está sacándole de quicio, le encantaría de veras encontrar a ese «otro» que le está presionando.

Entra en escena la víctima desprevenida: la mujer de Juan pasa casualmente por el garaje, asoma la cabeza y le pregunta con inocencia si terminó con la limpieza. Con un moderado arrebato, Juan le grita que no le atosigue. Porque ahora siente que no es él, sino su esposa quien quiere que él limpie el garaje. La proyección se ha completado, porque ahora parece como si el propio impulso de Juan llegara desde afuera. Él lo ha proyectado, lo ha puesto del otro lado de la valla, y desde allí parece como si le atacase.

Por consiguiente, Juan empieza a sentir que su mujer le presiona. No obstante, lo único que realmente siente es su propio impulso proyectado, su propio deseo de limpiar el garaje desplazado, puesto fuera de su lugar.

Juan podría gritarle a su mujer que no tiene ganas de limpiar el maldito garaje y que ella importuna presionando. Pero si realmente él no quisiera limpia el garaje, si ese impulso no fuera cierto, le habría dicho a su mujer que había cambiado de idea y que lo limpiaría en otro momento.

Si no lo hizo es porque en algún rincón de su mente sabía que alguien quería, desde luego, que el garaje estuviera limpio, pero como «no era» él, tenía que ser otra persona. La mujer, naturalmente, es una candidata adecuada, y tan pronto como entra en escena, Juan carga en ella su impulso proyectado.

Si decimos que la esposa es un buen «gancho», es porque exhibe la misma tendencia que Juan está a punto de proyectar sobre ella, lo cual hace que a él le resulte sumamente tentador proyectar su impulso sobre su mujer, pero aun el impulso sigue siendo de él. Él debe tener el impulso, y debe proyectarlo, pues de lo contrario no habría sensación de presión.

Así pues, los terapeutas que trabajan en este nivel sugieren que la persona que constantemente se siente presionada, sencillamente tiene más impulso y energía de lo que cree. Si careciera de ese impulso, le tendría por completo sin cuidado.

De este modo el individuo bien informado, cada vez que siente alguna forma de presión —procedente de su jefe, su cónyuge, la escuela, los amigos, sus socios o sus hijos—, aprende a usar esos sentimientos como señal de que tiene cierta energía, algún impulso del que en ese momento no es consciente.

Aprende a traducir «me siento presionado» como «tengo más impulso de lo que creía». Una vez se da cuenta de que todos los sentimientos de presión son impulsos suyos que no había advertido, ya puede decidir si actúa siguiendo su impulso o si posterga la acción. Pero, haga lo que haga, finalmente sabe que el impulso es suyo.

El mecanismo básico de la proyección como tal es, pues, bastante simple. Un impulso (enfado, deseo o lo que sea) que surge en uno y que, naturalmente, apunta al medio, cuando es proyectado, aparece como un impulso que se originase en el medio y que apuntara hacia uno.

Es un efecto de bumerang, y uno acabará zurrándose con su propia energía. Ya no pugna por actuar, se siente empujado a actuar. Ha puesto el impulso al otro lado de la demarcación entre lo que uno es y lo que uno no es, y entonces, naturalmente, el impulso le ataca desde afuera, en vez de ayudarle a atacar al medio.

Podemos ver así que la proyección de la sombra tiene dos consecuencias principales. En primer lugar, uno siente que le falta por entero el impulso, rasgo o tendencia que proyecta. Y en segundo lugar, parece como si existiera «ahí afuera», en el medio, generalmente en otras personas. Lo que uno es disminuye, y lo que uno no es aumenta.

Pero, por incómodo que esto pueda ser, una persona que está proyectando defiende enérgicamente su visión errónea de la realidad. Si nos acercásemos a Juan mientras le está gritando a su inocente esposa e intentáramos señalarle que su sensación de que le presionan y molestan es realmente su propio impulso, lo más probable es que nos atacara, pues es de la mayor importancia que el individuo demuestre que sus proyecciones están realmente ahí afuera, amenazándole.

Sea como fuere, la mayoría de la gente presenta una fortísima resistencia a aceptar su propia sombra, a admitir que los impulsos y los rasgos que proyectan son suyos. Y en realidad, la resistencia es una importante causa de proyección. Una persona se resiste a su sombra, se resiste a los aspectos de sí misma que le disgustan y, por consiguiente, los proyecta. De manera que allí donde hay una proyección, está al acecho alguna forma de resistencia.

Hay hombres y mujeres que lanzan diatribas sobre lo repugnantes que son los homosexuales. Por más decente y racionalmente que procuren conducirse en otros sentidos, no pueden menos que abominar de cualquier homosexual, y en su  escándalo emocional abogarán por cosas tales como privar a los gays de sus derechos civiles (u otras peores).

Pero, ¿por qué odia con tal vehemencia a los homosexuales un individuo así? Curiosamente, no aborrece a los homosexuales porque él lo sea, sino porque ve en el homosexual una potencialidad de sí mismo que secretamente le espanta. Como él se encuentra sumamente incómodo con sus propias tendencias homosexuales, naturales e inevitables, aunque secundarias, las proyecta.

Así llega a aborrecer las inclinaciones homosexuales en otras personas, porque empieza por aborrecerlas en sí mismo.

Y así, de una manera u otra, tiene lugar la caza de brujas. La gente nos enferma, decimos, «porque» es sucia, estúpida, pervertida, inmoral...

Tal vez sean exactamente lo que decimos de ellos. Pero eso no viene al caso, porque los aborrecemos solamente si nosotros mismos, sin saberlo, poseemos los rasgos que despreciamos y que les atribuimos. Los odiamos precisamente porque son un recordatorio constante de aspectos nuestros que nos repugna admitir.

Empezamos así a ver un importante indicador de proyección. Aquellas personas o cosas de nuestro entorno que nos afectan con intensidad en vez de informarnos simplemente son, por lo común, nuestras propias proyecciones. Todo aquello que nos fastidia, inquieta, repugna o —en el otro extremo— nos atrae, fascina u obsesiona, es generalmente un reflejo de la sombra.

Examinemos otra proyección corriente. Tal vez no haya nada más molesto que la sensación de ponerse en evidencia, de que todo el mundo nos está mirando.

Quizá tengamos que pronunciar un discurso, o actuar en una obra teatral o recibir un premio, y nos inmoviliza la sensación de que todo el mundo nos está mirando.

Pero hay mucha gente a quien no le pasa esto en público, de modo que el problema no debe estar en la situación misma, sino en algo que hacemos en esa situación.

Y lo que hacemos, en opinión de mucho terapeutas, es proyectar nuestro propio interés por la gente, de modo que parece como si todo el mundo se interesara por nosotros.

En vez de mirar activamente, nos sentimos mirados. Como prestamos nuestros ojos al público, el interés natural de éste por nosotros parece desproporcionado, inflado, un interés monstruosamente concentrado sobre nuestra persona para observar cada movimiento, detalle, acción.

Como es natural, eso nos inmoviliza, e inmóviles nos quedaremos mientras no nos animemos a recuperar la proyección, a mirar en vez de sentirnos mirados, a prestar atención en vez de sentirnos el centro de ella.

En la misma línea, imaginemos lo que podría suceder si una persona proyectara un mínimo de hostilidad, una mínima parte de su deseo de agredir a su entorno: sentiría que la gente se muestra innecesariamente hostil y provocativa con ella, y, por consiguiente, empezaría a sentirse intimidada, temerosa, quizás incluso aterrorizada por la cantidad de energías hostiles dirigidas a ella. Pero ese miedo no sería un resultado del entorno, sino de su proyección de hostilidad sobre el entorno.

Así, en la mayor parte de los casos, cuando alguien siente un miedo infundado a personas o lugares, no es más que una señal, una advertencia de que la persona que así siente alberga un enojo y una hostilidad que ella desconoce.

De manera similar, una de las quejas más corrientes de quien busca apoyo emocional es que se siente rechazado. Estas personas sienten que no gustan a nadie, nadie les quiere o todo el mundo les muestra una actitud muy crítica.

Sienten con frecuencia que eso es doblemente injusto, porque a ellas, en principio, les gusta todo el mundo. No creen tener apenas tendencias de rechazo; se esfuerzan todo lo posible por ser cordiales con la gente y no adoptar actitudes críticas.

Pero estos son, precisamente, los dos rasgos distintivos de la proyección: uno carece de esa característica y todos los demás rebosan de ella. La persona que siente el rechazo de todo el mundo es totalmente inconsciente de sus propias tendencias a rechazar y criticar a los demás.

Estas tendencias bien pueden ser un aspecto secundario de su personalidad, pero si el sujeto las ignora, las proyectará sobre todos aquellos a quienes ve y conoce. Esto multiplicará el impulso original, de manera que nuestro hombre empieza a tener
la impresión de que el mundo le critica ferozmente, en una proporción del todo irreal.

Lo dicho hasta aquí  debe haber aclarado que la proyección de la sombra no sólo deforma nuestra visión de la realidad «exterior», sino que también altera muchísimo la sensación de lo que somos «por dentro».

Cuando proyecto en forma de sombra una emoción o un rasgo, sigo percibiéndolo, pero sólo de manera deformada e ilusoria: se me aparece como un «objeto externo». De la misma manera, sigo sintiendo la sombra, pero sólo de manera deformada, disfrazada: una vez que la he proyectado, sólo siento la sombra como síntoma.

Cuando intento expulsar a mi sombra, no me libero de ella, no me quedo con un hueco, una brecha o un espacio en blanco en mi personalidad, sino con un síntoma, un doloroso recordatorio de que estoy ignorando alguna faceta de mí  mismo.

Además, una vez que mi sombra se ha convertido en mi síntoma, lucharé contra éste tal como antes luché contra mi sombra. Cuando intento negar cualquiera de mis propias tendencias (sombra), las tendencias aparecen como síntomas, y entonces siento una aversión tan fuerte hacia los síntomas como la tuve antes hacia la sombra. 

      Hasta es probable que intente ocultar mis síntomas (temblores, inferioridad, depresión, angustia o lo que sea) ante otras personas, así como antes procuraba ocultarme a mí mismo mi sombra.

Cada síntoma —sea depresión, angustia, aburrimiento o miedo— contiene alguna faceta de la sombra, alguna emoción, rasgo o característica proyectada.

Es importante entender que por más incómodos que puedan ser nuestros síntomas, no hay que rechazarlos, despreciarlos ni evitarlos, porque contienen la clave de su propia disolución.

Luchar con un síntoma no es más que luchar con la sombra contenida en el síntoma, y esto es precisamente lo que al principio causó el problema.

Como primer paso en las terapias de este nivel, es preciso que hagamos lugar a nuestros síntomas, que les demos espacio, y empecemos a acoger bien esas sensaciones incómodas que llamamos síntomas y que hasta ahora hemos despreciado.

Debemos establecer contacto con nuestros síntomas tan a conciencia y con una aceptación tan  abierta como nos sea posible. Y esto significa que nos permitamos sentir la depresión, la ansiedad, el rechazo, el aburrimiento o la vergüenza.

Significa que, así como antes oponíamos resistencia de todas las maneras posibles a estas sensaciones, ahora permitimos que se manifiesten e incluso las estimulamos activamente. Invitamos al síntoma a que nos visite en nuestra propia casa, lo dejamos moverse y respirar libremente, mientras procuramos seguir teniendo conciencia de él, en su forma propia.

Este es sencillamente el primer paso de la terapia, y en muchos casos es lo único que se necesita, pues en cuanto aceptamos realmente un síntoma, aceptamos también una gran parte de la sombra oculta en él. Entonces el problema tiende a desaparecer.

Si el síntoma es persistente, procedemos al segundo paso de la terapia en el nivel de la persona. Las instrucciones para el segundo paso son simples, pero su ejecución exige tiempo y perseverancia. Lo único que hacemos es empezar de manera consciente a traducir de nuevo cualquier síntoma a su forma original.

Para esta traducción se puede usar como «diccionario» el esquema general que se ofrece en este capítulo (véase cuadro 1). Lo esencial de este segundo paso es darse cuenta de que todo síntoma no es más que una señal (o símbolo) de alguna tendencia inconsciente de la sombra.

Así, por ejemplo, uno puede sentirse sometido a presiones fortísimas en el trabajo. Pues bien, como ya hemos visto, la presión, en cuanto síntoma, es siempre una indicación, una simple señal de que uno tiene más impulso para esa tarea o actividad de lo que cree o de lo que está dispuesto a admitir.

Tal vez no quiera admitir abiertamente su verdadero interés o deseo para poder hacer que los otros se sientan culpables por las horas de trabajo que no le agradecen y que uno «tiene» que cumplir en beneficio «de ellos».

O quizás uno quiera negociar su devoción «desinteresada» para que le rinda más beneficios. También podría ser que, inocentemente, haya perdido la pista de su propio impulso. Sea cual fuere la razón, el síntoma de presión es un signo seguro de que estamos más ansiosos de lo que nosotros mismos sabemos. Pero el síntoma puede traducirse de nuevo a su forma original y correcta. «Tengo que» se convierte en «quiero».

La traducción es la clave de la terapia. Por ejemplo, a fin de soltar presión, no hay que inventarse un impulso, ni tratar de sentir uno que no existe ni conjurar mágicamente impulsos que aparentemente nos faltan.

No digo que si uno puede esforzarse por sentir el impulso de hacer con interés un trabajo, entonces ya no se sentirá presionado. Lo que digo es que si uno se siente presionado, el impulso necesario ya está presente, pero disfrazado como síntoma: la presión.

No hay que conjurar el impulso para situarlo junto a los sentimientos de presión, porque esos sentimientos de presión son ya el impulso que necesitamos.

Simplemente hay que llamarlos por su nombre original y correcto: impulso. Es una simple traducción, no una creación. Así, de esta precisa manera, lejos de ser indeseables, los síntomas son oportunidades de desarrollo.

Los síntomas señalan con suma precisión nuestra sombra inconsciente; son señales infalibles de alguna tendencia proyectada. Por mediación de los síntomas se encuentra la sombra, y por mediación de la sombra, el desarrollo, una expansión de las demarcaciones, un camino hacia una imagen de sí mismo exacta y aceptable.

En una palabra, que uno ha descendido desde el nivel de la persona hasta el nivel del ego. Es casi así de sencillo: persona + sombra = ego.

Sería negligencia de mi parte cerrar este capítulo sin ofrecer al lector una sencilla clave para entender lo esencial del trabajo terapéutico que se lleva a cabo en este nivel. Si se hace caso omiso de la jerga técnica de cualquier terapeuta de la sombra, para escuchar simplemente el sentido general de su conversación, se encontrará uno con que lo que dice se ajusta a cierta pauta o modelo.

Si le dices que amas a tu madre, te dirá que inconscientemente la odias; si le dices que la odias, te dirá que inconscientemente la amas. Si dices que no puedes soportar la depresión, te dirá que te complaces en ella. Cuéntale que te sientes enfermo cuando te humillan, y te dirá que secretamente te encanta.

Si estás apasionadamente metido en una cruzada religiosa, política o ideológica para convertir a otros a tus creencias, te insinuará que en realidad tú no crees para nada en todo eso, que tu cruzada no es más que un intento de convertir a la parte que tú mismo tienes de incrédulo.

Si dices sí, él dice no. Si dices arriba, él dice abajo. Si maúllas, él ladra. Y entonces, si le dices que siempre has sospechado que te enfermaban los psicólogos, pero que ahora estás seguro, te dirá que en realidad eres un psicólogo frustrado, y que secretamente envidias a todos los terapeutas.

Todo esto empieza a parecer ridículo, pero por debajo de toda esa lógica aparentemente retorcida, el terapeuta —independientemente de que se dé cuenta o no— se limita a enfrentarte con tus propios opuestos.

Podemos mirar desde esta perspectiva todos los ejemplos de este capítulo, y el hecho es que, en cada una de estas situaciones, el individuo sólo tenía conciencia de un lado de los opuestos. Se negaba a verlos a ambos, a entender la unidad de estas polaridades.
Como los opuestos no pueden existir el uno sin el otro, si uno no tiene conciencia de ambos, sepultará el polo rechazado, lo hundirá en el inconsciente y, en consecuencia, lo proyectará.

En pocas palabras, esto equivale a erigir una demarcación entre los opuestos y originar así una batalla, pero se trata de una batalla que jamás se puede ganar, que se pierde perpetuamente de mil maneras, todas dolorosas, porque en definitiva cada uno de los dos lados es un aspecto del otro. 

     De modo que la sombra no es más que nuestros opuestos inconscientes. Por ello una manera fácil de establecer contacto con su sombra es suponer precisamente lo opuesto de lo que usted se propone, desea o quiere conscientemente en este momento. Eso le mostrará exactamente cómo ve el mundo su sombra, y esa es la visión con la cual ha de reconciliarse, lo cual no significa que actúe en función de sus opuestos, sino tan sólo que tenga conciencia de ellos.

Si siente que alguien le disgusta intensamente, tome con ciencia del aspecto de usted a quien le gusta esa persona. Si está locamente enamorado, entre en contacto con la parte a quien esa persona no le importa en absoluto.

Si un sentimiento o un síntoma le parece odioso, procure percibir cuál es el aspecto de usted mismo que secretamente disfruta con él. En el momento en que uno se da cuenta cabal de sus opuestos, tanto de los sentimientos positivos como de los negativos que experimenta ante una situación cualquiera, muchas tensiones relacionadas con esa situación desaparecen, porque se disuelve la batalla de opuestos que creaba esa tensión.

Por otra parte, tan pronto como uno pierde de vista la unidad de los opuestos, la conciencia de que ambos aspectos están en uno mismo  escinde los opuestos, instalando entre ellos una demarcación y, en consecuencia, confina el polo rechazado en el inconsciente, de donde volverá para acosarnos en forma de síntoma. Como los opuestos son siempre una unidad, solamente la inconsciencia, una desatención selectiva, permite su separación.

A medida que uno comienza a explorar sus opuestos, su sombra, sus proyecciones, empieza a descubrir que está asumiendo la responsabilidad de sus propios sentimientos y estados anímicos.

Empezará a ver que las batallas que libra con otras personas son, en realidad, batallas entre uno mismo y sus opuestos proyectados, que sus síntomas no se deben a una acción del entorno, sino algo que uno mismo se hace, como un sustituto exagerado de lo que realmente le gustaría hacer a los otros, descubrirá que las personas y los sucesos no son la causa de que uno se altere, sino tan sólo las ocasiones apropiadas para que se produzca la alteración.

Empezar a entender que uno mismo es quien está produciendo sus propios síntomas es un tremendo alivio, pues ello supone a la vez que puede dejar de producirlos si los traduce de nuevo a su forma original. Uno se convierte en la causa de sus propios  sentimientos, en vez del efecto.

Hemos visto de qué  manera, al tratar de negar ciertas facetas de nuestro ego, terminamos con una imagen falsa y deformada de nosotros mismos, que es lo que se llama la persona. En general, se establece una demarcación entre lo que a uno le gusta (la persona) y lo que no le gusta (la sombra).

También hemos visto que esas facetas negadas de nuestro ego (la sombra) terminan por ser proyectadas, de modo que parece como si existiera «ahí fuera», en nuestro entorno.

Quedamos entonces reducidos a andar por la vida peleando con nuestra sombra. La demarcación entre persona y sombra se convierte en batalla entre la persona y la sombra, y esa guerra interior es lo que se siente como síntoma. Así llegamos a aborrecer nuestros síntomas con la misma pasión con que al principio aborrecíamos a nuestra sombra, y, una vez proyectada la sombra entre otras personas, odiamos a esas personas como antes odiábamos a la sombra.

Entonces tratamos a los otros como si fueran un síntoma, como algo a combatir, y las múltiples formas del combate se suceden en el límite de este nivel.

Elaborar una imagen de nosotros mismos más precisa, es decir, descender de la persona al ego, es tanto como obtener una percepción más amplia de aquellas facetas de nosotros mismos cuya existencia desconocíamos, y esas facetas son fáciles de identificar, porque se revelan como síntomas, opuestos, proyecciones.

Recuperar una proyección es derribar una barrera, incluir en nosotros mismos cosas que creíamos ajenas, abrirnos a la comprensión y aceptación de todas nuestras diversas potencialidades, negativas y positivas, buenas y malas, dignas de amor o de desprecio, y así llegar a tener una imagen relativamente exacta de todo aquello que es nuestro organismo psicofísico; es desplazar nuestras demarcaciones, volver a cartografiarnos el alma de manera que los viejos enemigos se conviertan en aliados y los opuestos que combaten en secreto se hagan amigos. Y al final, aunque no todos nuestros aspectos