EL NIVEL DE LA PERSONA:
SE INICIA EL DESCUBRIMIENTO
El movimiento de descenso y descubrimiento empieza en cuanto
uno se siente conscientemente insatisfecho con la vida. Al contrario de lo que
opinan la mayoría de los profesionales, esta torturante insatisfacción con la
vida no es un signo de enfermedad mental», ni un indicio de inadaptación social, ni un trastorno del
carácter.
Esta infelicidad básica ante la vida oculta el embrión
de una inteligencia en desarrollo especial, generalmente sepultada bajo el peso
inmenso de las farsas sociales.
Cuando una persona comienza a experimentar el sufrimiento de
la vida, empieza al mismo tiempo a tener conciencia de realidades más profundas
y más válidas, pues el sufrimiento destruye la complacencia de nuestras
ficciones habituales acerca de la realidad
y nos obliga a despertar en un
sentido especial: a ver con cuidado, a sentir con profundidad, a establecer
contacto con nosotros mismos y con nuestro mundo, y hacerlo de maneras que
hasta entonces habíamos evitado.
Se ha dicho, y creo que ciertamente es así, que el
sufrimiento es la primera gracia. En cierto modo, cuando uno sufre casi debería regocijarse, pues el sufrimiento señala el principio de
la intuición creativa.
Pero sólo en cierto modo. Algunas personas se apegan a su
sufrimiento como una madre a su hijo, cargándolo como un peso que no se atreven
a dejar en el suelo.
No se enfrentan al sufrimiento de una manera reflexiva,
racional, sino que más bien se aferran a él, secretamente extasiadas con los
espasmos del martirio. No hay que negar la conveniencia del sufrimiento,
evitarlo ni despreciarlo; pero tampoco hay que glorificarlo, dramatizarlo o
aferrarse a él.
La aparición del sufrimiento no es un bien, pero sí una buena señal, indicación de que uno comienza a darse cuenta de que
vivir fuera de la conciencia de unidad es en última instancia doloroso,
perturbador y triste. Vivir entre demarcaciones es vivir entre batallas: la del
miedo, la de la angustia, la del dolor y, finalmente, la de la muerte.
Sólo por mediación de toda clase de compensaciones,
distracciones y sortilegios que nos aturden, accedemos a no poner en tela de
juicio nuestras demarcaciones, causa y raíz de la interminable rueda de dolor.
Pero tarde o temprano, si no nos hemos insensibilizado del todo, nuestras compensaciones
defensivas empiezan a fallar en su propósito de suavizar y ocultar.
En consecuencia, empezamos a sufrir, de una manera o de
otra, porque nuestra percepción y conciencia se dirigen, finalmente, hacia la
naturaleza conflictual de nuestras falsas demarcaciones y hacia la vida
fragmentaria que en ellas se basa.
Uno de los mayores problemas (para trabajar y tratar estos
conflictos), es la persistencia con la que tanto los legos como los
profesionales tienden a suponer que los diversos médicos del alma (psiquiatras,
psicólogos, terapeutas, etc.) se ocupan del ser humano desde diferentes
ángulos.
Pero no es así, sino que más bien se ocupan de diferentes
niveles de la conciencia humana desde diferentes ángulos. Actualmente
carecemos de médicos del alma en quienes podamos confiar de todo corazón porque
nos imaginamos que todos están hablando del mismo nivel de nuestra
conciencia. Por consiguiente, parece fuera de duda que se contradicen entre sí,
por lo menos en lo esencial, y quedamos atrapados en la contradicción.
Sin embargo, una vez reconocemos la multiplicidad de niveles
inherente a la naturaleza de la conciencia humana, cuando entendemos que
nuestro ser tiene muchas capas, podemos empezar a ver que los diversos tipos de
terapias difieren, precisamente, porque se dirigen a esos diferentes niveles
del alma.
Así pues, si comprendemos que los diversos médicos del alma
se dirigen de un modo válido a diferentes niveles de la conciencia, quizá
podamos escuchar más abiertamente lo que cada uno a su manera tiene que
decirnos respecto al nivel del que se ocupa especialmente.
Y si nuestro sufrimiento se da en ese nivel, escuchemos
atentamente lo que pueda decirnos, y quizá nos ayude a ver el significado de
nuestro tipo particular de sufrimiento, a soportarlo conciencia, comprenderlo
y, por ende, a trascenderlo.
EL NIVEL DE LA PERSONA
Empecemos por donde se encuentra la mayoría
de la gente: atrapada en la persona (máscara), que es una imagen de uno
mismo más o menos inexacta y empobrecida, creada cuando el individuo intenta
negarse a sí mismo la existencia de una o varias tendencias que tiene, como pueden ser los impulsos eróticos, la tendencia a
hacerse valer, el enfado, la alegría, hostilidad, valentía, agresión, interés u
otras.
Pero, por más que intente negarlas, las tendencias no
desaparecen y, puesto que son del individuo, lo Único que este puede hacer es fingir, «hacer
como si» pertenecieran a otro, a
cualquiera, siempre que no sea él.
De modo que, en realidad, lo que consigue no es negarlas,
sino solamente niega que le
pertenecen. Así llega a creer de veras que estas tendencias no son de él, que
le son ajenas, externas. Ha estrechado sus límites a fin de excluir las
tendencias indeseables.
En consecuencia, esas tendencias alienadas son proyectadas
en forma de sombra, y el individuo se identifica únicamente con lo que
queda: una imagen de sí mismo reducida, empobrecida a inexacta, que es la persona.
Se establece así una nueva demarcación y se inicia otra batalla de
opuestos: la de la persona con su propia sombra. El ejemplo
siguiente nos permitirá ver lo poco complicado que es en realidad el proceso.
Juan tiene muchos deseos de limpiar y ordenar el garaje, que
está totalmente desordenado; además, hace ya tiempo que tiene la intención
de hacerlo. Finalmente, decide que es el momento adecuado para poner manos a la
obra, y tras vestirse con la ropa apropiada, empieza a encarar la tarea con
relativo entusiasmo.
En este momento, Juan está claramente en contacto con su
propio impulso, porque sabe que, a pesar del trabajo que le dará, es
algo que indudablemente quiere hacer. Es verdad que una parte de él
mismo no quiere ponerse a limpiar, pero lo importante es que su deseo de
limpiar el garaje es mayor que el deseo de no hacerlo, pues de no ser así,
sencillamente no lo haría.
Pero cuando Juan empieza a mirar el revoltijo increíble que
hay en el garaje, le sucede algo extraño: comienza a reconsiderar todo el
asunto, aunque sin abandonar su propósito.
Da vueltas, se pone a hojear revistas viejas, se prueba un
antiguo guante de béisbol, se entrega a recuerdos y ensoñaciones, se va
poniendo nervioso.
Al llegar aquí, Juan empieza a perder contacto con su
impulso, pero lo importante sigue siendo que su deseo de limpiar el garaje
todavía está presente, porque de no ser así, se limitaría a abandonar el
trabajo y hacer alguna otra cosa.
La proyección del impulso funciona de la siguiente manera: como hemos visto, el deseo de limpiar
el garaje todavía está presente
en Juan, es decir, que todavía está activo, de modo que constantemente reclama
atención, de la misma manera que el hambre, por ejemplo, exige constantemente
que se preste atención a ese impulso comiendo algo.
Como el impulso de limpiar el garaje sigue estando presente
y activo, Juan sabe en algún rincón de su mente que alguien quiere que
él limpie el garaje.
Y precisamente por eso todavía sigue ocupándose en
fruslerías. Juan sabe que alguien quiere que él limpie todo eso, pero el
problema está en que ahora se ha olvidado de quién es ese alguien.
Entonces empieza a sentirse molesto con todo el proyecto, y a medida que
transcurren las horas, la difícil situación le molesta cada vez más. Lo único
que realmente necesita para completar la proyección —es decir, para olvidarse
totalmente de su propio impulso de limpiar el garaje— es un candidato
adecuado para «colgarle» su propio impulso proyectado.
Como él sabe que alguien está presionándole para que limpie,
y esa presión está sacándole de quicio, le encantaría de veras encontrar a ese
«otro» que le está presionando.
Entra en escena la víctima desprevenida: la mujer de Juan
pasa casualmente por el garaje, asoma la cabeza y le pregunta con inocencia si
terminó con la limpieza. Con un moderado arrebato, Juan le grita que no le
atosigue. Porque ahora siente que no es él, sino su esposa quien
quiere que él limpie el garaje. La proyección se ha completado, porque ahora
parece como si el propio impulso de Juan llegara desde afuera. Él lo ha
proyectado, lo ha puesto del otro lado de la valla, y desde allí parece como si
le atacase.
Por consiguiente, Juan empieza a sentir que su mujer le presiona.
No obstante, lo único que realmente siente es su propio impulso proyectado,
su propio deseo de limpiar el garaje desplazado, puesto fuera de su lugar.
Juan podría gritarle a su mujer que no tiene ganas de
limpiar el maldito garaje y que ella importuna presionando. Pero si realmente
él no quisiera limpia el garaje, si ese impulso no fuera cierto, le habría
dicho a su mujer que había cambiado de idea y que lo limpiaría en otro momento.
Si no lo hizo es porque en algún rincón de su mente sabía
que alguien quería, desde luego, que el garaje estuviera limpio, pero
como «no era» él, tenía que ser otra persona. La mujer, naturalmente, es una
candidata adecuada, y tan pronto como entra en escena, Juan carga en ella su
impulso proyectado.
Si decimos que la esposa es un buen «gancho», es porque
exhibe la misma tendencia que Juan está a punto de proyectar sobre ella,
lo cual hace que a él le resulte sumamente tentador proyectar su impulso sobre
su mujer, pero aun el impulso sigue siendo de él. Él debe tener el
impulso, y debe proyectarlo, pues de lo contrario no habría sensación de
presión.
Así pues, los terapeutas que trabajan en este nivel
sugieren que la persona que constantemente se siente presionada, sencillamente
tiene más impulso y energía de lo que cree. Si careciera de ese impulso, le
tendría por completo sin cuidado.
De este modo el individuo bien informado, cada vez que
siente alguna forma de presión —procedente de su jefe, su cónyuge, la escuela,
los amigos, sus socios o sus hijos—, aprende a usar esos sentimientos como señal
de que tiene cierta energía, algún impulso del que en ese momento no es consciente.
Aprende a traducir «me siento presionado» como «tengo
más impulso de lo que creía». Una vez se da cuenta de que todos los
sentimientos de presión son impulsos suyos que no había advertido, ya puede
decidir si actúa siguiendo su impulso o si posterga la acción. Pero, haga lo
que haga, finalmente sabe que el impulso es suyo.
El mecanismo básico de la proyección como tal es, pues,
bastante simple. Un impulso (enfado, deseo o lo que sea) que surge en uno
y que, naturalmente, apunta al medio, cuando es proyectado, aparece
como un impulso que se originase en el medio y que apuntara hacia uno.
Es un efecto de bumerang, y uno acabará zurrándose con su
propia energía. Ya no pugna por actuar, se siente empujado a actuar. Ha puesto
el impulso al otro lado de la demarcación entre lo que uno es y lo que uno no
es, y entonces, naturalmente, el impulso le ataca desde afuera, en vez
de ayudarle a atacar al medio.
Podemos ver así que la proyección de la sombra tiene dos
consecuencias principales. En primer lugar, uno siente que le falta por entero
el impulso, rasgo o tendencia que proyecta. Y en segundo lugar, parece como si
existiera «ahí afuera», en el medio, generalmente en otras personas. Lo que uno
es disminuye, y lo que uno no es aumenta.
Pero, por incómodo que esto pueda ser, una persona que está
proyectando defiende enérgicamente su visión errónea de la realidad. Si nos
acercásemos a Juan mientras le está gritando a su inocente esposa e
intentáramos señalarle que su sensación de que le presionan y molestan es
realmente su propio impulso, lo más probable es que nos atacara, pues es de la
mayor importancia que el individuo demuestre que sus proyecciones están
realmente ahí afuera, amenazándole.
Sea como fuere, la mayoría de la gente presenta una fortísima
resistencia a aceptar su propia sombra, a admitir que los impulsos y los
rasgos que proyectan son suyos. Y en realidad, la resistencia es una
importante causa de proyección. Una persona se resiste a su sombra, se
resiste a los aspectos de sí misma que le disgustan y, por consiguiente, los
proyecta. De manera que allí donde hay una proyección, está al acecho alguna
forma de resistencia.
Hay hombres y mujeres que lanzan diatribas sobre lo
repugnantes que son los homosexuales. Por más decente y racionalmente que
procuren conducirse en otros sentidos, no pueden menos que abominar de
cualquier homosexual, y en su escándalo emocional abogarán por cosas
tales como privar a los gays de sus derechos civiles (u otras peores).
Pero, ¿por qué odia con tal vehemencia a los homosexuales un
individuo así? Curiosamente, no aborrece a los homosexuales porque él lo sea,
sino porque ve en el homosexual una potencialidad de sí mismo que secretamente
le espanta. Como él se encuentra sumamente incómodo con sus propias tendencias
homosexuales, naturales e inevitables, aunque secundarias, las proyecta.
Así llega a aborrecer las inclinaciones homosexuales en
otras personas, porque empieza por aborrecerlas en sí mismo.
Y así, de una manera u otra, tiene lugar la caza de brujas.
La gente nos enferma, decimos, «porque» es sucia, estúpida, pervertida,
inmoral...
Tal vez sean exactamente lo que decimos de ellos. Pero eso
no viene al caso, porque los aborrecemos solamente si nosotros mismos, sin saberlo, poseemos los rasgos que despreciamos y
que les atribuimos. Los odiamos
precisamente porque son un recordatorio constante de aspectos nuestros que nos
repugna admitir.
Empezamos así a ver un importante indicador de
proyección. Aquellas personas o cosas de nuestro entorno que nos afectan con
intensidad en vez de informarnos simplemente son, por lo común, nuestras
propias proyecciones. Todo aquello que nos fastidia, inquieta, repugna o —en el
otro extremo— nos atrae, fascina u obsesiona, es generalmente un reflejo de la sombra.
Examinemos otra proyección corriente. Tal vez no haya nada
más molesto que la sensación de ponerse en evidencia, de que todo el mundo nos
está mirando.
Quizá tengamos que pronunciar un discurso, o actuar en una
obra teatral o recibir un premio, y nos inmoviliza la sensación de que todo el
mundo nos está mirando.
Pero hay mucha gente a quien no le pasa esto en público, de
modo que el problema no debe estar en la situación misma, sino en algo que
hacemos en esa situación.
Y lo que hacemos, en opinión de mucho terapeutas, es
proyectar nuestro propio interés por la gente, de modo que parece como si todo
el mundo se interesara por nosotros.
En vez de mirar activamente, nos sentimos mirados. Como
prestamos nuestros ojos al público, el interés natural de éste por nosotros
parece desproporcionado, inflado, un interés monstruosamente concentrado sobre
nuestra persona para observar cada movimiento, detalle, acción.
Como es natural, eso nos inmoviliza, e inmóviles nos
quedaremos mientras no nos animemos a recuperar la proyección, a mirar en
vez de sentirnos mirados, a prestar atención en vez de sentirnos el centro de ella.
En la misma línea, imaginemos lo que podría suceder si una
persona proyectara un mínimo de hostilidad, una mínima parte de su deseo de
agredir a su entorno: sentiría que la gente se muestra innecesariamente hostil
y provocativa con ella, y, por consiguiente, empezaría a sentirse intimidada,
temerosa, quizás incluso aterrorizada por la cantidad de energías hostiles
dirigidas a ella. Pero ese miedo no sería un resultado del entorno, sino de su
proyección de hostilidad sobre el entorno.
Así, en la mayor parte de los casos, cuando alguien siente
un miedo infundado a personas o lugares, no es más que una señal, una
advertencia de que la persona que así siente alberga un enojo y una hostilidad
que ella desconoce.
De manera similar, una de las quejas más corrientes de quien
busca apoyo emocional es que se siente rechazado. Estas personas sienten que no
gustan a nadie, nadie les quiere o todo el mundo les muestra una actitud muy
crítica.
Sienten con frecuencia que eso es doblemente injusto, porque
a ellas, en principio, les gusta todo el mundo. No creen tener apenas
tendencias de rechazo; se esfuerzan todo lo posible por ser cordiales con la
gente y no adoptar actitudes críticas.
Pero estos son, precisamente, los dos rasgos distintivos de
la proyección: uno carece de esa característica y todos los demás rebosan de
ella. La persona que siente el rechazo de todo el mundo es totalmente
inconsciente de sus propias tendencias a rechazar y criticar a los demás.
Estas tendencias bien pueden ser un aspecto secundario de su
personalidad, pero si el sujeto las ignora, las proyectará sobre todos aquellos
a quienes ve y conoce. Esto multiplicará el impulso original, de manera que
nuestro hombre empieza a tener
la impresión de que el mundo le critica ferozmente, en una proporción del todo irreal.
la impresión de que el mundo le critica ferozmente, en una proporción del todo irreal.
Lo dicho hasta aquí debe haber aclarado que la
proyección de la sombra no sólo deforma nuestra visión de la realidad
«exterior», sino que también altera muchísimo la sensación de lo que somos «por
dentro».
Cuando proyecto en forma de sombra una emoción o un rasgo, sigo percibiéndolo, pero sólo de manera deformada e
ilusoria: se me aparece como un «objeto externo». De la misma manera, sigo sintiendo
la sombra, pero sólo de manera deformada, disfrazada: una vez que la he
proyectado, sólo siento la sombra como síntoma.
Cuando intento expulsar a mi sombra, no me libero de ella,
no me quedo con un hueco, una brecha o un espacio en blanco en mi personalidad,
sino con un síntoma, un doloroso recordatorio de que estoy ignorando alguna
faceta de mí mismo.
Además, una vez que mi sombra se ha convertido en mi
síntoma, lucharé contra éste tal como antes luché contra mi sombra. Cuando
intento negar cualquiera de mis propias tendencias (sombra), las tendencias
aparecen como síntomas, y entonces siento una aversión tan fuerte hacia los
síntomas como la tuve antes hacia la sombra.
Hasta es probable que intente ocultar mis síntomas (temblores, inferioridad, depresión, angustia o lo que sea) ante otras personas, así como antes procuraba ocultarme a mí mismo mi sombra.
Cada síntoma —sea depresión, angustia, aburrimiento o miedo—
contiene alguna faceta de la sombra, alguna emoción, rasgo o característica proyectada.
Es importante entender que por más incómodos que puedan ser
nuestros síntomas, no hay que rechazarlos, despreciarlos ni evitarlos, porque
contienen la clave de su propia disolución.
Luchar con un síntoma no es más que luchar con la sombra
contenida en el síntoma, y esto es precisamente lo que al principio causó el
problema.
Como primer paso en las terapias de este nivel, es preciso
que hagamos lugar a nuestros síntomas, que les demos espacio, y empecemos a
acoger bien esas sensaciones incómodas que llamamos síntomas y que hasta ahora
hemos despreciado.
Debemos establecer contacto con nuestros síntomas tan a
conciencia y con una aceptación tan abierta como nos sea posible. Y esto
significa que nos permitamos sentir la depresión, la ansiedad, el rechazo, el
aburrimiento o la vergüenza.
Significa que, así como antes oponíamos resistencia de
todas las maneras posibles a estas sensaciones, ahora permitimos que se
manifiesten e incluso las estimulamos activamente. Invitamos al síntoma a que
nos visite en nuestra propia casa, lo dejamos moverse y respirar libremente,
mientras procuramos seguir teniendo conciencia de él, en su forma propia.
Este es sencillamente el primer paso de la terapia, y en
muchos casos es lo único que se necesita, pues en cuanto aceptamos realmente un
síntoma, aceptamos también una gran parte de la sombra oculta en él. Entonces
el problema tiende a desaparecer.
Si el síntoma es persistente, procedemos al segundo paso de
la terapia en el nivel de la persona. Las instrucciones para el segundo paso
son simples, pero su ejecución exige tiempo y perseverancia. Lo único que
hacemos es empezar de manera consciente a traducir de nuevo cualquier
síntoma a su forma original.
Para esta traducción se puede usar como «diccionario» el
esquema general que se ofrece en este capítulo (véase cuadro 1). Lo esencial de
este segundo paso es darse cuenta de que todo síntoma no es más que una señal
(o símbolo) de alguna tendencia inconsciente de la sombra.
Así, por ejemplo, uno puede sentirse sometido a presiones
fortísimas en el trabajo. Pues bien, como ya hemos visto, la presión, en cuanto síntoma, es siempre una indicación, una simple señal
de que uno tiene más impulso para esa tarea o actividad de lo que cree o de
lo que está dispuesto a admitir.
Tal vez no quiera admitir abiertamente su verdadero interés
o deseo para poder hacer que los otros se sientan culpables por las horas de
trabajo que no le agradecen y que uno «tiene» que cumplir en beneficio «de
ellos».
O quizás uno quiera negociar su devoción «desinteresada»
para que le rinda más beneficios. También podría ser que, inocentemente, haya
perdido la pista de su propio impulso. Sea cual fuere la razón, el síntoma de
presión es un signo seguro de que estamos más ansiosos de lo que nosotros
mismos sabemos. Pero el síntoma puede traducirse de nuevo a su forma original y
correcta. «Tengo que» se convierte en «quiero».
La traducción es la clave de la terapia. Por ejemplo,
a fin de soltar presión, no hay que inventarse un impulso, ni tratar de
sentir uno que no existe ni conjurar mágicamente impulsos que aparentemente nos
faltan.
No digo que si uno puede esforzarse por sentir el impulso de
hacer con interés un trabajo, entonces ya no se sentirá presionado. Lo que digo
es que si uno se siente presionado, el impulso necesario ya está
presente, pero disfrazado como síntoma: la presión.
No hay que conjurar el impulso para situarlo junto a los
sentimientos de presión, porque esos sentimientos de presión son ya el impulso
que necesitamos.
Simplemente hay que llamarlos por su nombre original y
correcto: impulso. Es una simple traducción, no una creación. Así, de
esta precisa manera, lejos de ser indeseables, los síntomas son oportunidades
de desarrollo.
Los síntomas señalan con suma precisión nuestra sombra
inconsciente; son señales infalibles de alguna tendencia proyectada. Por
mediación de los síntomas se encuentra la sombra, y por mediación de la sombra,
el desarrollo, una expansión de las demarcaciones, un camino hacia una imagen
de sí mismo exacta y aceptable.
En una palabra, que uno ha descendido desde el nivel de la persona
hasta el nivel del ego. Es casi así de sencillo: persona + sombra =
ego.
Sería negligencia de mi parte cerrar este capítulo sin
ofrecer al lector una sencilla clave para entender lo esencial del trabajo
terapéutico que se lleva a cabo en este nivel. Si se hace caso omiso de la
jerga técnica de cualquier terapeuta de la sombra, para escuchar
simplemente el sentido general de su conversación, se encontrará uno con que lo
que dice se ajusta a cierta pauta o modelo.
Si le dices que amas a tu madre, te dirá que
inconscientemente la odias; si le dices que la odias, te dirá que
inconscientemente la amas. Si dices que no puedes soportar la depresión, te dirá
que te complaces en ella. Cuéntale que te sientes enfermo cuando te humillan, y
te dirá que secretamente te encanta.
Si estás apasionadamente metido en una cruzada religiosa,
política o ideológica para convertir a otros a tus creencias, te insinuará que
en realidad tú no crees para nada en todo eso, que tu cruzada no es más que un
intento de convertir a la parte que tú mismo tienes de incrédulo.
Si dices sí, él dice no. Si dices arriba, él dice abajo. Si
maúllas, él ladra. Y entonces, si le dices que siempre has sospechado que te
enfermaban los psicólogos, pero que ahora estás seguro, te dirá que en realidad
eres un psicólogo frustrado, y que secretamente envidias a todos los
terapeutas.
Todo esto empieza a parecer ridículo, pero por debajo de
toda esa lógica aparentemente retorcida, el terapeuta —independientemente de
que se dé cuenta o no— se limita a enfrentarte con tus propios opuestos.
Podemos mirar desde esta perspectiva todos los ejemplos de
este capítulo, y el hecho es que, en cada una de estas situaciones, el
individuo sólo tenía conciencia de un lado de los opuestos. Se negaba a verlos a ambos, a entender la unidad de estas
polaridades.
Como los opuestos no pueden existir el uno sin el otro, si
uno no tiene conciencia de ambos, sepultará el polo rechazado, lo hundirá en el
inconsciente y, en consecuencia, lo proyectará.
En pocas palabras, esto equivale a erigir una demarcación
entre los opuestos y originar así una batalla, pero se trata de una batalla que
jamás se puede ganar, que se pierde perpetuamente de mil maneras, todas
dolorosas, porque en definitiva cada uno de los dos lados es un aspecto del
otro.
Si siente que alguien le disgusta intensamente, tome con
ciencia del aspecto de usted a quien le gusta esa persona. Si está locamente
enamorado, entre en contacto con la parte a quien esa persona no le importa en absoluto.
Si un sentimiento o un síntoma le parece odioso, procure
percibir cuál es el aspecto de usted mismo que secretamente disfruta con él. En
el momento en que uno se da cuenta cabal de sus opuestos, tanto de los
sentimientos positivos como de los negativos que experimenta ante una situación
cualquiera, muchas tensiones relacionadas con esa situación desaparecen, porque
se disuelve la batalla de opuestos que creaba esa tensión.
Por otra parte, tan pronto como uno pierde de vista la
unidad de los opuestos, la conciencia de que ambos aspectos están en uno
mismo escinde los opuestos, instalando entre ellos una demarcación y, en consecuencia, confina el polo rechazado en el inconsciente,
de donde volverá para acosarnos en forma de síntoma. Como los opuestos son
siempre una unidad, solamente la inconsciencia, una desatención selectiva,
permite su separación.
A medida que uno comienza a explorar sus opuestos, su
sombra, sus proyecciones, empieza a descubrir que está asumiendo la
responsabilidad de sus propios sentimientos y estados anímicos.
Empezará a ver que las batallas que libra con otras personas
son, en realidad, batallas entre uno mismo y sus opuestos proyectados, que sus síntomas no se deben a una acción del entorno, sino algo que uno mismo
se hace, como un sustituto exagerado de lo que realmente le gustaría hacer a
los otros, descubrirá que las personas y los sucesos no son la causa de que uno
se altere, sino tan sólo las ocasiones apropiadas para que se produzca la
alteración.
Empezar a entender que uno mismo es quien está
produciendo sus propios síntomas es un tremendo alivio, pues ello supone a la
vez que puede dejar de producirlos si los traduce de nuevo a su forma original.
Uno se convierte en la causa de sus propios sentimientos, en vez del
efecto.
Hemos visto de qué manera, al tratar de negar ciertas
facetas de nuestro ego, terminamos con una imagen falsa y deformada de nosotros
mismos, que es lo que se llama la persona. En general, se establece una
demarcación entre lo que a uno le gusta (la persona) y lo que no le
gusta (la sombra).
También hemos visto que esas facetas negadas de nuestro ego
(la sombra) terminan por ser proyectadas, de modo que parece como si existiera
«ahí fuera», en nuestro entorno.
Quedamos entonces reducidos a andar por la vida peleando con
nuestra sombra. La demarcación entre persona y sombra se convierte en
batalla entre la persona y la sombra, y esa guerra interior es lo que se
siente como síntoma. Así llegamos a aborrecer nuestros síntomas con la misma
pasión con que al principio aborrecíamos a nuestra sombra, y, una vez
proyectada la sombra entre otras personas, odiamos a esas personas como antes
odiábamos a la sombra.
Entonces tratamos a los otros como si fueran un síntoma,
como algo a combatir, y las múltiples formas del combate se suceden en el
límite de este nivel.
Elaborar una imagen de nosotros mismos más precisa, es
decir, descender de la persona al ego, es tanto como obtener una
percepción más amplia de aquellas facetas de nosotros mismos cuya existencia
desconocíamos, y esas facetas son fáciles de identificar, porque se revelan
como síntomas, opuestos, proyecciones.
Recuperar una proyección es derribar una barrera, incluir en
nosotros mismos cosas que creíamos ajenas, abrirnos a la comprensión y
aceptación de todas nuestras diversas potencialidades, negativas y positivas,
buenas y malas, dignas de amor o de desprecio, y así llegar a tener una imagen
relativamente exacta de todo aquello que es nuestro organismo psicofísico; es desplazar nuestras
demarcaciones, volver a cartografiarnos el alma de manera que los viejos
enemigos se conviertan en aliados y los opuestos que combaten en secreto se
hagan amigos. Y al final, aunque no todos nuestros aspectos

