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miércoles, 28 de diciembre de 2016

DESCUBRE TU VERDADERO YO

Hay ocasiones que te vienen cosas en el momento y lugar
adecuado.

Comparto contigo este maravilloso artículo de “Alfonso López”, de su estupendo Libro “Guía práctica de salud mental” De Ediciones CCS.
  
El que descubre su verdadero yo, ha encontrado un tesoro. Porque el verdadero yo es perfectamente confiable en cualquier situación.

         En ocasiones, el descubrir de pronto el verdadero yo adquiere tintes catárticos, de profunda conmoción y vivencias casi traumatizantes. Como en el cuento que viene a continuación.

         «~Me preguntáis que cómo me transformé en un loco? Aconteció así: un día, desperté de un profundo sueño y descubrí que todas mis máscaras habían sido robadas. Eran siete máscaras que usé y adapté en siete vidas distintas. Corrí por entre el gentío de las calles, clamando: « Ladrones, ladrones, malditos ladrones!». Algu nos hombresy mujeres se reían de mí y otros corrían a sus casas con miedo.

         Cuando llegué a la plaza del mercado, un joven desde un telado gritó: «Mirad, es un loco». Levanté la cabeza hacia lo alto desafian. Entonces el sol besó mi rostro desnudo y mi alma ardió de amor por el sol. Ya no deseé mis máscaras. Y, como en trance, lloré: «Benditos, benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras». (Khati Gibrán)

         Otras veces  el descubrimiento es lento, paulatino, pausado. Poco a poco entretrevemos con una cierta sorpresa que debajo de nuestro falso yo, el yo que los demás han elaborado, emerge otro yo más libre y auténtico

         “Un cuento indio dice así: «Había un hombre que, un buen día, se, encontró en el bosque un halcón. Mira qué paloma tan rara, se dijo. A continuación, con unas tijeras le recortó la cola, el pico, las alas y los dedos de las patas. Ahora sí que ya parece una paloma respetable, como tienen que en que ser las palomas. Una paloma como Dios manda, pensó para sus adentros muy satisfecho».

Lamentablemente, a muchos seres humanos les ha ocurrido lo mismo que al halcón del cuento indio. Ya desde pequeños, alguien les dijo: “tu tienes que ser así y así”. Ya continuación, ese alguien, mediante el uso y abuso de tijeras y engrudo, elaboró artificialmente una personalidad que les adjudicó como si se tratara de una caperuza.

Desde entonces, representan un papel que en realidad no les corresponde y siguen las instrucciones de un libreto que no es propio sino adjudicado desde fuera.

Ante esta lamentable realidad, sólo existe un consejo:

“Vive tu propia vida. Te pertenece”.

No vale la pena intentar «ser mejor», intenta simplemente “ser diferente”. Lo realmente importante es encontrar tu verdadero yo. Las Emociones positivas de amor, afecto, estabilidad..,aparecerán en cuanto encuentres tu verdadero yo.

Piénsalo despacio: puede que tu mayor responsabilidad en la liberar progresivamente a tu verdadero yo de los miedos, ansiedades y prejuicios que te esclavizan en parte.

         Toma un papel y ponte a analizar. Revisa cuidadosamente las ideas sobre el verdadero yo y el falso yo. ¿Qué hay en tu yo de verdadero y qué hay de falso, artificial o adjudicado desde fuera?

         Te sorprenderías si supieras lo libre que puedes llegar a ser. Lo malo es que esa posible libertad hay que conquistarla. Está bloqueada por esquemas externos y por miedos internos. Nos han dicho como tenemos que ser y nos lo hemos creído.
        
         Como en la historia que sigue.

         Érase una vez un granjero que, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho malherido. Se lo llevó a casa, lo curó y lo puso en el corral, donde pronto aprendió a comer la misma comida que los  pollos y a comportarse como ellos.          Un buen día, un biólogo que pasaba por allí le preguntó al granjero:
         —¿Por qué ese águila, rey de todas las aves, permanece encerrada en el corral con los pollos?
        
El granjero contestó:

         — Me la encontré malherida en el bosque y, como ha vivido entre po1los, no ha aprendido a volar. Se comporta como un pollo y, por lo tanto, ya no es un águila.
        
El biólogo replicó:

         —No cabe duda que el tuyo es un buen gesto: haberle acogido y curado. Además, le has dado la oportunidad de sobrevivir y le has proporcionado la compañía de las aves de tu corral. Sin embargo, tiene corazón de águila y seguro que se le puede enseñar a volar.

         —No entiendo lo que me dices —contestó el granjero—. Si quisiera volar, ya lo habría hecho. Nadie se lo ha impedido.

         —Es verdad que no se lo has impedido, pero como le enseñaste a comportarse como un pollo.., por eso no vuela. ¿Y si le enseñamos a volar como un águila?
         —     Pero ¿por qué insistes tanto? Observa: se comporta como los pollos y ya no es un águila. Qué se le va a hacer. Hay cosas que no se pueden cambiar.

         —Tengo la impresión —contestó el biólogo—de que te fijas demasiado  en sus dificultades para volar. ¿Qué te parece si nos fijamos ahora en su corazón de águila y en sus posibilidades de volar.

         —¿Y qué diferencia puede haber entre pensar en dificultades y en posibilidades?

         —Es una buena pregunta. Si pensamos en las dificultades, es más probable que nos conformemos con su comportamiento actual. Pero ¿no crees que, si pensamos en las posibilidades de volar, esto mismo nos invita a darle oportunidades y probar si esas posibilidades se hacen efectivas?

         —Es posible —dijo el granjero sin mucho convencimiento-. Podemos probar. Después de todo, nada se pierde.

         Animado el biólogo, al día siguiente sacó al aguilucho del corral, lo cogió suavemente en brazos y lo llevó hasta una loma cercana.

         —Tú perteneces al cielo y no a la tierra. Abre tus alas y vuela. Puedes hacerlo.

         Estas palabras no convencieron al aguilucho. Estaba realmente confuso y cuando vio a los pollos comiendo en la ladera, se fue dando saltos a reunirse con ellos. Sin desanimarse, al día siguiente, el biólogo llevó de nuevo al aguilucho al tejado de la granja y le animó diciendo:

         —Eres un águila, abre tus alas y vuela. Puedes hacerlo.
         El aguilucho tuvo miedo. Nunca había visto las cosas desde esa altura. Temblando, miró al biólogo, como suplicándole que le dejara en paz.

         Muy temprano, al día siguiente, el biólogo llevó al aguilucho hasta una elevada montaña. Una vez allí, impresionado por la mirada del animal, el biólogo le dijo en voz baja y suavemente:

         - No me sorprende que tengas miedo. Es normal que lo tengas. Pero, verás cómo vale la pena intentarlo. Podrás recorrer distancias enormes, jugar con el viento, conocer otros corazones de águila. Eres un águila. Abre las alas y vuela.

         El aguilucho miró detenidamente a su alrededor. Abajo estaba el corral, arriba estaba el cielo. Entonces, el biólogo lo levantó hacia el sol y lo acarició suavemente. El aguilucho abrió lentamente las alas y finalmente, con un grito triunfante, se lanzó al vacío. Voló alejándose en el cielo.

Al fin, había recuperado sus posibilidades.


         Como el aguilucho del cuento, encontrarás tu verdadero yo cuando te desembaraces de determinadas actitudes adquiridas. Arrójalas lejos de ti.

         Busca y utiliza tus valores personales. Solo entonces volarás.

         Esas actitudes adquiridas, artificiales y ajenas, constituyen nuestro yo negativo. Y, de algún modo, nuestro yo negativo nos frena y nos esclaviza.

         “La vida se vuelve más rica y con más sentido, en cuanto consigues liberarte
de tu yo negativo”.

         Inténtalo con coraje. La mayor inspiración es algo práctico, algo que realmente funciona. Por tanto, la verdad es fundamentalmente práctica.

         Toma conciencia de un hecho muy simple: estás vivo y tienes el derecho de ser tú mismo. La vida vale la pena vivirse cuando descubres el valor de estar vivo.

         La simple existencia es lo más hermoso con que contamos. Trata de vivir de tal manera que cada día experimentes algo bonito. Porque ningún momento se repite.






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