Hay
ocasiones que te vienen cosas en el momento y lugar
adecuado.
Comparto
contigo este maravilloso artículo de “Alfonso López”, de su estupendo Libro
“Guía práctica de salud mental” De Ediciones CCS.
El que descubre su verdadero yo, ha encontrado un tesoro.
Porque el verdadero yo es perfectamente confiable en cualquier situación.
En
ocasiones, el descubrir de pronto el verdadero yo adquiere tintes catárticos,
de profunda conmoción y vivencias casi traumatizantes. Como en el cuento que
viene a continuación.
«~Me preguntáis que cómo me transformé en un
loco? Aconteció así: un día, desperté de un profundo sueño y descubrí que todas
mis máscaras habían sido robadas. Eran siete máscaras que usé y adapté en siete
vidas distintas. Corrí por entre el gentío de las calles, clamando: « Ladrones,
ladrones, malditos ladrones!». Algu nos hombresy mujeres se reían de mí y otros
corrían a sus casas con miedo.
Cuando llegué a la plaza del mercado,
un joven desde un telado gritó: «Mirad, es un loco». Levanté la cabeza hacia lo
alto desafian. Entonces el sol besó mi rostro desnudo y mi alma ardió de amor por
el sol. Ya no deseé mis máscaras. Y, como en trance, lloré: «Benditos, benditos
sean los ladrones que me robaron mis máscaras». (Khati Gibrán)
Otras
veces el descubrimiento es lento,
paulatino, pausado. Poco a poco entretrevemos con una cierta sorpresa que
debajo de nuestro falso yo, el yo que los demás han elaborado, emerge otro yo
más libre y auténtico
“Un cuento indio dice así: «Había un hombre
que, un buen día, se, encontró en el bosque un halcón. Mira qué paloma tan
rara, se dijo. A continuación, con unas tijeras le recortó la cola, el pico,
las alas y los dedos de las patas. Ahora sí que ya parece una paloma respetable,
como tienen que en que ser las palomas. Una paloma como Dios manda, pensó para sus
adentros muy satisfecho».
Lamentablemente,
a muchos seres humanos les ha ocurrido lo mismo que al halcón del cuento indio.
Ya desde pequeños, alguien les dijo: “tu tienes que ser así y así”. Ya
continuación, ese alguien, mediante el uso y abuso de tijeras y engrudo,
elaboró artificialmente una personalidad que les adjudicó como si se tratara de
una caperuza.
Desde
entonces, representan un papel que en realidad no les corresponde y siguen las
instrucciones de un libreto que no es propio sino adjudicado desde fuera.
Ante esta
lamentable realidad, sólo existe un consejo:
“Vive tu
propia vida. Te pertenece”.
No vale la
pena intentar «ser mejor», intenta simplemente “ser diferente”. Lo realmente
importante es encontrar tu verdadero yo. Las Emociones positivas de amor,
afecto, estabilidad..,aparecerán en cuanto encuentres tu verdadero yo.
Piénsalo despacio:
puede que tu mayor responsabilidad en la liberar progresivamente a tu verdadero
yo de los miedos, ansiedades y prejuicios que te esclavizan en parte.
Toma
un papel y ponte a analizar. Revisa cuidadosamente las ideas sobre el verdadero
yo y el falso yo. ¿Qué hay en tu yo de verdadero y qué hay de falso, artificial
o adjudicado desde fuera?
Te
sorprenderías si supieras lo libre que puedes llegar a ser. Lo malo es que esa
posible libertad hay que conquistarla. Está bloqueada por esquemas externos y
por miedos internos. Nos han dicho como tenemos que ser y nos lo hemos creído.
Como
en la historia que sigue.
Érase una vez un granjero que, mientras
caminaba por el bosque, encontró un aguilucho malherido. Se lo llevó a casa, lo
curó y lo puso en el corral, donde pronto aprendió a comer la misma comida que los
pollos y a comportarse como ellos. Un buen día, un biólogo que pasaba por
allí le preguntó al granjero:
—¿Por qué ese águila, rey de todas las
aves, permanece encerrada en el corral con los pollos?
El granjero contestó:
— Me la encontré malherida en el bosque
y, como ha vivido entre po1los, no ha aprendido a volar. Se comporta como un
pollo y, por lo tanto, ya no es un águila.
El biólogo replicó:
—No cabe duda que el tuyo es un buen
gesto: haberle acogido y curado. Además, le has dado la oportunidad de
sobrevivir y le has proporcionado la compañía de las aves de tu corral. Sin
embargo, tiene corazón de águila y seguro que se le puede enseñar a volar.
—No entiendo lo que me dices —contestó
el granjero—. Si quisiera volar, ya lo habría hecho. Nadie se lo ha impedido.
—Es verdad que no se lo has impedido,
pero como le enseñaste a comportarse como un pollo.., por eso no vuela. ¿Y si
le enseñamos a volar como un águila?
— Pero
¿por qué insistes tanto? Observa: se comporta como los pollos y ya no es un
águila. Qué se le va a hacer. Hay cosas que no se pueden cambiar.
—Tengo la impresión —contestó el
biólogo—de que te fijas demasiado en sus
dificultades para volar. ¿Qué te parece si nos fijamos ahora en su corazón de
águila y en sus posibilidades de volar.
—¿Y qué diferencia puede haber entre
pensar en dificultades y en posibilidades?
—Es una buena pregunta. Si pensamos en
las dificultades, es más probable que nos conformemos con su comportamiento
actual. Pero ¿no crees que, si pensamos en las posibilidades de volar, esto
mismo nos invita a darle oportunidades y probar si esas posibilidades se hacen
efectivas?
—Es posible —dijo el granjero sin mucho
convencimiento-. Podemos probar. Después de todo, nada se pierde.
Animado el biólogo, al día siguiente
sacó al aguilucho del corral, lo cogió suavemente en brazos y lo llevó hasta una
loma cercana.
—Tú perteneces al cielo y no a la
tierra. Abre tus alas y vuela. Puedes hacerlo.
Estas palabras no convencieron al
aguilucho. Estaba realmente confuso y cuando vio a los pollos comiendo en la ladera,
se fue dando saltos a reunirse con ellos. Sin desanimarse, al día siguiente, el
biólogo llevó de nuevo al aguilucho al tejado de la granja y le animó diciendo:
—Eres un águila, abre tus alas y vuela.
Puedes hacerlo.
El aguilucho tuvo miedo. Nunca había
visto las cosas desde esa altura. Temblando, miró al biólogo, como suplicándole
que le dejara en paz.
Muy temprano, al día siguiente, el
biólogo llevó al aguilucho hasta una elevada montaña. Una vez allí, impresionado
por la mirada del animal, el biólogo le dijo en voz baja y suavemente:
- No me sorprende que tengas miedo. Es
normal que lo tengas. Pero, verás cómo vale la pena intentarlo. Podrás recorrer
distancias enormes, jugar con el viento, conocer otros corazones de águila.
Eres un águila. Abre las alas y vuela.
El aguilucho miró detenidamente a su
alrededor. Abajo estaba el corral, arriba estaba el cielo. Entonces, el biólogo
lo levantó hacia el sol y lo acarició suavemente. El aguilucho abrió lentamente
las alas y finalmente, con un grito triunfante, se lanzó al vacío. Voló alejándose
en el cielo.
Al fin, había recuperado sus posibilidades.
Como
el aguilucho del cuento, encontrarás tu verdadero yo cuando te desembaraces de
determinadas actitudes adquiridas. Arrójalas lejos de ti.
Busca
y utiliza tus valores personales. Solo entonces volarás.
Esas
actitudes adquiridas, artificiales y ajenas, constituyen nuestro yo negativo.
Y, de algún modo, nuestro yo negativo nos frena y nos esclaviza.
“La
vida se vuelve más rica y con más sentido, en cuanto consigues liberarte
de tu yo negativo”.
Inténtalo
con coraje. La mayor inspiración es algo práctico, algo que realmente funciona.
Por tanto, la verdad es fundamentalmente práctica.
Toma
conciencia de un hecho muy simple: estás vivo y tienes el derecho de ser tú mismo.
La vida vale la pena vivirse cuando descubres el valor de estar vivo.
La
simple existencia es lo más hermoso con que contamos. Trata de vivir de tal
manera que cada día experimentes algo bonito. Porque ningún momento se repite.

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